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Q:.H:.F:.L:., envío aquí mi primera contribución para todos los ya estimados
hermanos, esperando sirva para clarificar la función que tiene la naturaleza
erótica del cosmos en las prácticas mánticas, religiosas y mágicas, dado que
dicha naturaleza es constitutiva del ser humano.
Salud en la Rosa, paz en la Cruz.
Fraternalmente: Radamanthe
F.'. L.'. Radamanthe
Trabajo: El carácter demónico de la adivinación en Platón
Índice
I. Introducción
II. El ordenamiento cósmico.
1.1. Eros como entidad metafísica cósmica.
III. El carácter demónico de la adivinación y su relación con el Eros platónico.
IV. Conclusión.
Introducción
“Nos enamoramos de la piel,
contemplamos invariablemente sobre nosotros la misma piel
en forma de carta estelar. Piel, mirada y cartografía sideral.”
José Lezama LimaPlatón refiere en el Banquete, en boca de Erixímaco, la facultad que tiene la adivinación para tender un puente entre la voluntad divina y el hombre, en tanto que éste fue y será por obra de dicha relación fecunda.
Y he aquí que el cosmos lo contiene todo por ser afín al modelo del Artífice, sin embargo, lo que todo ser posee, lo que a todos nos aleja y religa con el centro henchido de su propósito es Eros.
Por medio del amor deseamos todo aquello de lo que estamos carentes; mas es por medio de Eros, como impulso vital y creador, y del conocimiento de los procesos amorosos, que somos guiados a nuestra definición mejor.
Por tanto, lo aquí expuesto pondrá de relieve el papel de la adivinación para con los hombres y el de Eros para con el cosmos; aludiré también, al carácter demónico del alma del adivino, que es donde radica la relación principal con el Eros platónico.
El ordenamiento cósmico
La confección del Artífice que guarda en la intimidad del sentido la relación perenne entre lo creado y el creador, se resuelve en la razón de lo que es bello, y es bello todo y cuanto comporta el orden, así, por disposición de la providencia divina lo caótico cobró forma. Mas la forma lo es necesariamente de algo, por tanto, es el modelo de lo eterno la fuente de la imagen reflexiva que es el cosmos, dicho manantial es imperecedero y sin corrupción alguna por ser inteligible; mas la imagen de lo eterno es ya sensible, ya perecedera. Sin embargo, como se lee en el Timeo, “[…] al óptimo sólo le estaba y le está permitido hacer lo más bello”1, por lo que dotó de razón al alma y a ésta la albergo en un cuerpo para que su obra fuera la mejor por naturaleza. Así pues, el universo es “absolutamente perfecto, […] un ser viviente visible y único con todas las criaturas vivientes que por naturaleza le son afines dentro de sí”.2
Cuatro son los elementos constitutivos de la gran obra y dos las proporciones que los vinculan, a saber, la armónica y la aritmética que afirman la unidad; la primera implica el movimiento de los contrarios que conforman el universo; la segunda, comporta el número, por lo que todo se diferencia y se aprende en la multiplicidad de lo único. También cabe señalar que dos fueron las causas por las que el universo tuvo lugar: la divina y la necesidad. La primera se corresponde con lo ya apuntado en el principio de este texto, a saber, el ordenamiento de lo que se encontraba en caos siendo así tan bella la causa como el efecto que es la creación; en segunda instancia, está la necesidad como fuerza coercitiva para modelar lo hasta entonces informe. Así, de los seres que pueblan el cosmos, fueron concebidos primero los divinos, lo inmortal, y luego, por designio del demiurgo, confió a los dioses la creación de lo mortal. Como buen geómetra, dios hizo su obra por medio de triángulos, pasando por la cuadratura del círculo que es la disposición armónica de los elementales en la creación; dio al alma del mundo la naturaleza de lo mismo, de lo otro y el ser, colocó dicha alma en el centro del cuerpo del mundo hasta sus confines y, “cuando el padre y progenitor vio que el universo se movía y vivía como imagen generada de los dioses eternos, se alegró y, feliz tomó la decisión de hacerlo todavía más semejante al modelo.”3 Por tanto, otorgó el tiempo, para así hacer de su obra una efigie móvil de lo que es sempiterno, se hicieron también el sol, la luna y los demás planetas “para que dividieran y guardaran las magnitudes temporales.”4
Retomando la creación del hombre, microcosmos, reflejo fiel de la obra divina, apuntaré también que fue creado mortal para que la obra fuera completa y perfecta; que su alma es vínculo entre lo generado inmortal y lo generado mortal; que su naturaleza sensible dominada por la razón, da cuenta de lo inteligible del universo y que su constitución, al igual que todo lo confeccionado, necesitó de un tercer principio, aparte del modelo perenne y su reflejo perecedero, a saber, el receptáculo que en sí alberga las formas del modelo ideal. Por tanto, ya por la facultad que tienen los elementos de combinarse y devenir en formas, ya por ser estos cualidades en los cuerpos como es el frío y el calor, etc., se afirma la unicidad del universo que es ejemplificada en el Timeo por medio del vasto complejo que comportan los materiales de la obra: la manera en la que los elementales se mezclan para alcanzar su definición mejor que es el cosmos, y en su imagen análoga que es el hombre, y así dar cuenta del modelo que le da sentido y ser en el devenir que tiene por escenario el espacio, ¡oh receptáculo del germen divino!, en el que se manifiesta por mor del tiempo y el número, la imagen: cifra sensible de la eternidad.Notas
1. Platón, Timeo, frag. 30ª.
2. Platón, Timeo, frag. 31ª.
3. Platón, Timeo, frag.37d.
4. Platón, Timeo, frag. 38c.
Bibliografía:
Platón, Timeo, en Diálogos. trad. Francisco Lisi. 9 vols. Primera edición. España. Editorial Gredos, 1986. Vol. VI. Biblioteca clásica Gredos.
Eros como entidad metafísica cósmica
Soberana red de copiosas formas que va hilando en su sentido mayor el propósito, que es destino, y la libertad, que es posibilidad del todo como lo es la nada fecunda, hasta prefigurar en el centro de círculos contrarios, la armonía y el número con que todo el germen de lo divino se mantiene atado aun en la diversidad que suscribe la materia. ¡Vaya vínculo de la imagen del modelo eterno! El Eros que es vehículo y que es medio como un manto sobredorado en la cartografía sideral.
Ya Platón afirma en el Banquete la importancia del Eros, como entidad metafísica cósmica que mantiene en cohesión al todo; pone de relieve también la necesidad del Eros en el diálogo entre dioses y hombres y su función en las prácticas mánticas y religiosas: “al estar en medio de unos y otros (dioses y hombres) llena el espacio entre ambos, de suerte que el todo queda unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia.”1
A lo largo del diálogo platónico, el Sympósion, se destacan cualidades, facultades de Eros que se mantienen o reconcilian con el carácter demónico que comporta, a saber, que es Eros una fuerza impulsora y de más antigua como dice Fedro: “Y de la misma manera que es el más antiguo es causa para nosotros de los mayores bienes[…] lo que, en efecto, debe guiar durante toda su vida a los hombres que tengan la intención de vivir noblemente, esto, ni el parentesco, ni los honores, ni la riqueza, ni ninguna otra cosa son capaces de infundirlo tan bien como el amor.”2
Visto en su naturaleza divina, Eros inspira valor y auto sacrificio.
“Ninguno hay tan cobarde a quien el propio Eros no le inspire para el valor, de modo que sea igual al más valiente por naturaleza […] Por otra parte, a morir por otro están decididos únicamente los amantes, no sólo los hombres, sino también las mujeres”.3
Se lee también en el Banquete acerca de la naturaleza ambivalente de Eros, como afirma Pausanias en el fragmento 181 a-c, y Aristófanes lo define como búsqueda, como carencia. “Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de los unos a los otros innato en los hombres y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos y sanar la naturaleza humana […] Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esta integridad.”4
Agatón se refiere al Eros como el más joven de los dioses y, por ser éste bueno sobremanera, incompatible con la violencia como consta en el fragmento 195 d-e; mas para Sócrates, Eros no es ni bueno, ni bello, ni lo contrario; es de suyo una naturaleza divina, pero no es un dios. “¿No es verdad que Eros es, en primer lugar, amor de algo y, luego, amor de lo que realmente necesita? […] Entonces, si Eros está falto de cosas bellas y las cosas buenas son bellas, estará falto también de cosas buenas. ¿Qué puede ser entonces Eros? […] Un gran demon, pues también lo demónico está entre la divinidad y lo mortal.”5Ya sea fuerza impulsora que convida al valor y al sacrificio personal, ya porque nos parezca dual o sea carente en su seno, lo cierto es que es eterno e inmanente a todo lo confeccionado en la creación, que es el amor como lo es la profunda noche en su intimidad: prístino y pálido como un ángel que agoniza en el lívido espejo de sus alas.
Notas
1. Platón, Banquete, frag. 202e-203ª.
2. Platón, Banquete, frag. 178c.
3. Platón, Banquete, frag. 179ª-b.
4. Platón, Banquete, frag. 191 c-d y 193ª.
5. Platón, Banquete, frag.200e, 201c, 202e.
Bibliografía:
Platón, Banquete, en Diálogos. Trad. M. Martínez Hernández. 9 vols. Primera edición. España. Editorial Gredos, 1986. Vol. III. Biblioteca clásica Gredos.
El carácter demónico de la adivinación y su relación con el Eros platónico
El cosmos en su condición de obra, de estructura establecida y edificante, con el decoro de la orfebrería extinta, recibió en su seno las criaturas y las fuerzas que dominan su destino, incluso, la posibilidad de quebrantarlo y ganar con ello la gloria. En una estructura regulada y perfecta, el Eros platónico comunica y religa el ser con la vastedad del universo. Con ello sobreviene el establecimiento del diálogo entre lo divino, lo creador, y los hombres, la creación, y la posibilidad de que éste se comprenda ya no desde su condición humana, en tanto que ente social y ser, sino desde el origen: la causa de la obra que sólo posee el artífice. Así, el carácter demónico de Eros es el vínculo que a los hombres es dado conocer para la regulación de su naturaleza erótica, la cual comporta las pasiones y el dominio de las mismas. Sin embargo, no a cualquier humano, ni a cualquier institución le es propicio dicho conocimiento: es por la adivinación y por los hombres instruidos en sus artes, por quienes fue reclamada tal sabiduría, para así convocar y restablecer el orden del que goza el universo entero. Aún más, se lee en el Banquete en boca de Erixímaco que “toda impiedad, efectivamente, suele originarse cuando alguien no complace al Eros ordenado y no le honra ni le venera en toda acción, sino al otro, tanto en relación con los padres, vivos o muertos, como en relación con los dioses. Está encomendado, precisamente, a la adivinación vigilar y sanar a los que tienen estos deseos, con lo que la adivinación es, a su vez, un artífice de la amistad entre los dioses y los hombres gracias a su conocimiento de las operaciones amorosas entre los hombres que conciernen a la ley divina y a la piedad.”1
Cabe aclarar que el carácter demónico de Eros se comprendió desde su condición dual, a saber, el Eros ordenado y el desmesurado, de ahí que el conocimiento de las operaciones amorosas estribe en saber transmutar un Eros en otro; de ahí que otras ciencias, como la astronomía, sean propicias para la sentencia que promulgue el adivino. “Pues hasta la composición de las estaciones del año está llena de estos dos, y cada vez que en sus relaciones mutuas los elementos que yo mencionaba […], a saber, lo caliente y lo frío, lo seco y lo húmedo, obtengan en suerte el Eros ordenado y reciban armonía y razonable mezcla, llegan cargados de prosperidad y salud para los hombres y demás animales y plantas, y no hacen ningún daño. Pero cuando en las estaciones del año prevalece el Eros desmesurado, destruye muchas cosas y causa un gran daño. Las plagas, en efecto, suelen originarse de tales situaciones y, asimismo, otras muchas y variadas enfermedades entre los animales y las plantas. Pues las escarchas, los granizos y el tizón resultan de la mutua preponderancia y desorden de tales operaciones amorosas, cuyo conocimiento en relación con el movimiento de los astros y el cambio de las estaciones del año se llama astronomía.”2
Tomemos por ejemplo concreto el aplazamiento de diez años de la peste en Atenas, por medio de sacrificios prescritos por la sacerdotisa Diotima, registrado en el fragmento 201d del Banquete. Dicho prodigio, como ya sabemos, no pudo acontecer sin la intervención de Eros y, éste, no hubiera obrado sin la cabal comprensión de las operaciones amorosas, por parte de Diotima, para así comunicar a los atenienses lo que era menester hacer en tales circunstancias.
Concluyo, pues, que si me fuera lícito decir que Heráclito proclamó el reino del fuego, podría, bajo riesgo de afrenta, hacer una analogía y afirmar que Platón confirió a las prácticas mánticas y religiosas, y al alma del adivino que en vida funge demónica, el reinado del amor.
Ya que el amor es deseo de algo, Eros sería el deseo mismo, la fuerza impulsora que fustiga el espacio carmesí para dejar ver al alba: la comunión de la vida que se presenta bajo su nueva luz.
Notas
1. Platón, Banquete, frag. 188 c-d.
2. Platón, Banquete, frag. 188 a-b.
Conclusión
La ceniza, que la hoguera ceremonial advierte, de noche fecundada, en el héroe que asciende sobre la piel conjurada de un cristal sonrosado.
Una sierpe de estela en su rubí, presenta las doncellas secretas de un bosque: consagrado de vírgenes en su oscuridad, ya el canto de las bacantes las reclama a inaugurar el esplendor de su vientre, ¡oh carne victoriosa!, del Dios, unos labios vigorizados y en el vino insepulto su verdadero nombre.
Ya la fruición del rocío viene a florecer en su hora vaporosa, ya la rosa humedecida permanece hincada en su templo, donde el rubor es cómplice del encantamiento, del alma revelada por las artes del fuego.
Acaso las imágenes apuntadas en el principio de este capítulo, aspiran a ser dignas en la evocación de la adivinación por signos, en donde, los prodigios son la lengua y el sentido es dado por una casta escogida. Hay entre los adivinos quienes leen el mundo, con la clara certeza de quien concibe la naturaleza como dioses, ya por las propiedades del agua o por su fauna, ya por la caligrafía iluminada que es el vuelo de las aves; ahora por las vísceras cifradas, vertidas sobre el ara de los sacrificios, ahora con la tierra críptica para el ojo profano.
Dice Robert Flaceliére, en Adivinos y oráculos griegos, que hay también la adivinación inspirada, la cual era para Platón la más verosímil.
“¡Cuánto más segura será, pues, en principio, la adivinación inspirada directamente por un dios sin intermedio de ningún signo! Se trata realmente de la mantiké en el primer sentido de esta palabra (manía, delirio), que se obtiene por el entusiasmo, es decir, literalmente, por presencia del dios en el alma del profeta o la profetisa que recibe desde lo alto la revelación esperada.”1
Como se advierte, la adivinación por posesión del dios, parece contravenir una de las premisas aquí expuestas, a saber, que es por medio del demon, Eros, que toda práctica mántica es posible. Ciertamente parece inválida una intervención directa de los dioses; mas es el alma del adivino la que cumple y recibe dicha inspiración; ésta es demónica por aprehensión de los misterios eróticos, tan medio como receptáculo, tan vasta como el espacio que alberga la divinidad.
Sea pues, por gracia de la coincidencia, sea por el modelo eterno y su proporción, lo cierto es que el cosmos revela su sentido primero y mejor, en la intimidad de las almas expuestas, vulnerables, abiertas al ritmo acompasado de quien recibe la unción de la verdadera luz, en donde Eros es conjurado para hermanar en los seres la vida, que es la misma, pues nos habita a todos.
Notas
1. Robert Flaceliére, Adivinación y oráculos griegos.
Bibliografía
Flaceliére, Robert, Adivinación y oráculos griegos, trad. Néstor Míguez. 2ª edición.
Buenos Aires. Editorial universitaria de Buenos Aires, 1993.