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REFLEXION SOBRE EGREGOROS

¡Salud en las Seis Puntas de nuestra Piedra Angular!
 

Realmente, se disfruta sobremanera las instrucciones de los Syllabus. Aspectos teóricos importantísimos de obras colosales que, sin sus observaciones, pasarían en muchos aspectos desapercibidas, desaprovechándose, a pesar de ser caros fundamentos, la esencia basal de toda la luminaria iniciática de los siglos que les sucedieron.
 

El propósito del correo es plantearle una inquietud que me viene revoloteando hace unos días. Cuando uno logra desarrollar una conciencia más o menos despierta, lo cual es algo muy extraño que he vivenciado esporádicamente, no es una constante, ¿en qué medida es dable transigir con un egrégor? (Me es difícil explicarme, ya que son fenómenos que no logro traducir en un lenguaje convencional y que no he logrado encontrarlo en los textos que vengo leyendo hasta el presente).
 

Las ordenes, los ritos, incluso los partidos políticos o deportivos, todos, tienen su encanto, su magnetismo. Cadenas simpáticas que nos energizan de alguna forma, pero, ¿hasta dónde nos restringen, nos retienen, nos sofocan?

En la medida de lo provechoso para el crecimiento personal, una Orden Iniciática o una Institución Educativa propenderían una compartimentación en determinados egrégoros pero con resultados deseables. Es decir, uno aprende, tanto en términos foráneos como en aspectos endógenos, siempre según las categorías, símbolos y nomenclaturas del rito o el programa educativo. Lo que se da es una identificación, un apego. Yo me pregunto, ¿esto no chocaría con el libre desarrollo de la individualidad? ¿No ataría de alguna forma el libre transitar de las percepciones, inclinaciones, decisiones del individuo? ¿O acaso son instancias intermedias hasta que uno logra realmente independizarse? Mientras tanto, el apego es una realidad, pero, ¿hasta dónde puede uno intentar la liberación total sin consecuencias negativas? Quizás el camino del no apego sólo pueda contemplarse cuando uno logra neutralizar plenamente la personalidad.             Entonces, quizás el egrégor de una fraternidad iniciática sería un marco de consolación, referencia que permite esa desmenuzación de la influencia ilusoria de los aprendizajes erráticos que conforman la etiqueta del “Yo”. No estoy seguro de nada y probablemente no estoy siendo muy claro.

 Cuando uno experimenta esos momentos de lucidez o inusitado esclarecimiento, en esa observación de uno mismo, en esa atención despierta que nos permite conducirnos de acuerdo a nuestro libre parecer, desapasionado y sin condicionantes, manejándose en términos de no apego y franca coherencia, tiende a replantearse seriamente la importancia de las ordenes iniciáticas, entro otras agencias sociales con sus respectivos egrégoros. En un estado semejante, el no apego es la garantía que preserva dicha condición, mas, una orden y todo su magnetismo representarían un apego, un elemento retentivo. Sin embargo, ¿hasta dónde un individuo puede manejarse plenamente sin precisar la energía que transmiten los grupos humanos? ¿O hay alguna forma de prescindir de esa energía y generarla uno mismo o extraerla de algún otro lado? Igual, no es sólo una cuestión de energías, también es cierto que uno es más proactivo en términos sociales. Pero el tema es que son igualmente retentivos, ya que implican apego. En parte, es algo muy similar a lo que pasa con ciertas marcas. Había leído una vez que una persona se tatuó en el pecho el símbolo de nike porque le transmitía cierto vitalismo cuando lo veía. Esto, gracias a toda una campaña de fijación publicitaria del logo. Ahora bien, ¿qué nos lleva a requerir de símbolos y demás cuestiones aledañas? ¿Acaso algún vacío, alguna inconsistencia, alguna inseguridad que nuestra inmadurez no nos permite matizar en términos racionales, por lo que necesitamos esclavizarnos a determinado elemento?

 Quizás sea eso, uno no está preparado y precise de estas agencias hasta tanto pueda resolver sus propias contradicciones, consolidarse de una buena vez y hacer un camino realmente autárquico.

 El tema es que, cuando uno logra cierta “libertad”, siempre hay algo que nos vuelve a sedar. Yo lo atribuyo a una irresolución de los conflictos intestinos. Siento como si, en esa condición, tuviera a mis espaldas el fantasma de la personalidad, conspirando para volver a tomar control de mí mismo. En esos momentos está compartimentada y por eso uno puede desenvolverse con tanta fluidez, pero a la primera distracción, vuelve.

No sé si ha pasado por algo similar o tiene alguna idea de lo que trato de explicar.

 Moremos en la L.V.X. y las tinieblas no prevalecerán…
 

Frater Lucis Jano
 
 

P.S. Realmente, uno no sabe ya dónde pisar. Y no es sólo oscuridad, ¡hasta el aire parecería viciado!