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“EL CÓDIGO DA VINCI”
y las
MUTILACIONES DE GANADO
 
 

Escribe Gustavo Fernández
 

 Algunas personas (de ésas que, si se muerden la lengua, morirían envenenadas) tendrían derecho (¿tendrían derecho?) a suponer que escribir, ahora, un artículo sobre el bestselleresco “El código da Vinci” es parte de un oportunismo mediático. Sin duda, y a caballito de la repercusión obtenida por Dan Brown con su librito, muchos lectores a quienes la mención del gran Leonardo en el pasado les resultaría indiferente se verán tentados a sumergirse, cuando menos, en una lectura superficial de este artículo. Pero asimismo, la resonancia mundial obtenida por las ideas planteadas en esta novela requiere detenerse a mirar, desde una perspectiva alternativa, qué intereses se ponen en juego desde cada parte y hacia dónde pueden conducirnos en la puja por la credibilidad.

 Leí, casi a las semanas de salir a la calle, el dicho “Código...”. Y mi opinión –que he expresado en algún que otro trabajo- es que resulté francamente decepcionado. No porque me incomodara ciertas inexactitudes históricas que el propio autor reconoció. Ni porque hubiera evidencia insuficiente para sustentar la teoría dominante en el libro (de hecho, nadie espera encontrar “evidencias” en lo que, desde el vamos, se sabe y se supone una novela). Me molestó cierta demagogia cobarde del escritor, por ejemplo. ¿Cuál?. La que muchos críticos de la obra parecen haber obviado, ya sea porque no llegaron al final o porque, precisamente, les resulta conveniente a sus fines no llamar la atención sobre ella.
 Es graciosa la reacción histérica de ciertos funcionarios clericales de la Iglesia Católica cuando se ofuscan ante el ataque en la misma a un miembro conspicuo (un obispo) o el propio Opus Dei siendo que, en verdad, al final de la novela, los malos ya no son malos y algún que otro bueno pasa a ser el asesino misterioso. En resumida síntesis: el obispo católico que desde el comienzo de la trama parece ser el responsable de conspiraciones y asesinatos, empleando a un sicario fanático del Opus y empeñados en la persecusión de Robert Langdon (el protagonista norteamericano) y su compañera, éstos a su vez protegidos por un historiador y amante del arte inglés, aparentemente acumula (el obispo) hechos inescrupulosos que en el último capítulo y con muy poca imaginación (inconsistente con el resto del libro) Dan Brown transforma en un piadoso, amable y caritativo siervo de Dios (sí, el mismo obispo), el asesino un pobre loco carente de afecto y en esta descripción final, casi tierno (que muere violentamente para expiación de sus irredimibles pecados, como en cualquier mala película de suspenso hollywoodense) y el malo de la acción resulta ser... el amigo inglés y herético asesor del protagonista.
 Realmente, molestia es decir poco. ¿Asco, les suena mejor?. Me imaginé a un Dan Brown obligado –tal vez en alguna reunión editorial, por ejemplo- a modificar entre gallos y medianoche el final de su novela o, porqué no, a un “acuerdo” bien disimulado con el Vaticano el cual, para cuidar las apariencias, lógicamente, debe rasgarse las vestiduras y recomendar a sus fieles la “no lectura” del mismo, con lo cual se devolvía a la editorial el “favor” de morigerar el final original del autor estimulando la polémica y las ventas porque, ya se sabe, nada motiva tanto como lo prohibido.

 Pero puesto a reflexionar sobre las consecuencias y la polvareda que sigue levantando (ahora, además del libro, la película), no puedo evitar algunos pensamientos. Podría evitar compartirlos con ustedes pero, ya lo saben, eso es exactamente lo que no va con mi estilo. Así que veamos:

- En el reciente festival de Cannes, los críticos, unánimamente, calificaron la película como “porquería”. ¡Vamos!. Ciertamente “porquerías de película” hay muchas, pero, desde el punto de vista de factura técnica, presupuesto invertido y actuación, ninguna de ellas llega a Cannes. Es más; desafío a cualquiera a demostrarme cuándo, alguna vez, un crítico en Cannes trató a algún film como “porquería”. ¿Por qué en esta ocasión?. Tiene a mi ver, mucho de “operación”, orquestada con obvios fines descalificatorios. Cualquiera de nosotros ya la hemos visto y puede habernos gustado o no, aburrido, trillado lo obvio, pero ...¿”porquería”?.
- Es interesante constatar que aún las asociaciones de “escépticos mediáticos profesionales” salen a buscar el pelo en el huevo, criticando las inexactitudes históricas (por ejemplo: en http://ar.groups.yahoo.com/group/Red_Alpha_1/). Ya saben, no voy a extenderme demasiado: que la “Línea Rosa” no era el meridiano de tiempos merovingios, que el recorrido de Venus en la eclíptica es cada cuatro años, cuando en realidad es en ocho, que el apellido de Leonardo no era “da Vinci”, que.... Todo esto es cierto. Pero se pierde de vista algo igualmente importante: en medio de tantas “correcciones”, el autor (de esta crítica; podría referirme a decenas de otras) desliza mentiras como verdades. Por ejemplo, dice que Constantino, como emperador, no tuvo “nada que ver” en la redacción final de la Biblia (que existiría desde mucho antes) cuando en realidad sí tuvo mucho que ver, ya que él convocó al primer Concilio que, en definitva, decidió cuáles de todos los Evangelios pasaban a ser los Canónicos. Miente el crítico cuando dice que “basta contar las copas en la “Última Cena” (el famoso cuadro del escándalo) para constatar que son trece” cuando, si uno mira con atención el cuadro.... ¡precisamente no hay ninguna copa! (más a favor de la sugerencia que la “copa” o “grial” es el propio Jesús,... o la Magdalena). Miren con atención: hay trozos de pan, cacharros pequeños, platos, pero ninguna copa, no de las usadas en el Renacimiento ni las ue por constancia arqueológica sabemos se empleaban en épocas del Nazareno.. Miente cuando dice que la imagen de Jesús besando en la boca a María se debe a la propia iconografía gnóstica (la de los evangelios donde se encuentra) porque “entre los gnósticos era simplemente una señal de reconocimiento entre compañeros, ya que los gnósticos, a diferencia de la Iglesia Católica, rechazan el sexo”. ¡Doble mentira!. Cualquier que conozca algo de Gnosis sabe que si hay algo que no rechazan, es, precisamente, el sexo. Y cualquiera asimismo que escuche a la Iglesia Católica sabe que si hay algo que rechazan, precisamente, sí es el sexo.
 
 

¿A qué quiero llegar con todo esto?. Existen básicamente estas lecturas del Código da Vinci:

a) Que lo que propone, más allá de la circunstancia episódica de las aventuras del pobre Langdom, es real;
b) Que todo es fruto de la imaginación del escritor, en función de un éxito comercial
 

Bien, ya sabemos que Brown paseó por Francia e Inglaterra para documentarse, pero el preciosismo histórico no es su fuerte. Y que no tuvo empacho en robar la idea a los autores de “Holy Blood, Holy Grial” (editado en castellano por Martínez Roca bajo el título “El enigma sagrado”). Así que tomó una idea construida y fundamentada en un ensayo anterior, la decoró con el pintoresquismo de sus viajes y desvirtuó ciertos hechos históricos para ajustarlos al “timming” de la narración.
Por otra parte, quién puede negar que es un negocio millonario. Y que para ser tal, necesitó, sí o sí, de la complicidad eclesial.
Pero también debemos advertir que la novela, si bien popularizó una idea hasta entonces reservada solamente a los profundos entusiastas del revisionismo histórico (lo del matrimonio y paternidad de Jesús) corre el riesgo de producir un efecto inverso: si la embestida de críticos y clericales destruye la “credibilidad” de la novela (resultaría gracioso si no fuera patético: ¿desde cuando una novela debe tener credibilidad?) por carácter transitivo destruye la credibilidad de la idea. Y aquello tan bien fundamentado por los autores de “El enigma sagrado” (¿cuántos lectores de Brown y, más aún, cuántos críticos superficiales, se habrán tomado el trabajo de leerlo?) queda, por efecto colateral de esta polémica mediática, sepultado en el descrédito. Hay sólo una cosa peor que olvidar en el desván de las teorías perdidas una hipótesis: es ponerla violentamente a la luz, desviar la atención con medias verdades y destruyendo éstas, destruir aquella.
 Quien recuerde mi artículo “El síndrome de Pedrito” (publicado en “Al Filo de la Realidad”), sabrá a lo que me estoy refiriendo. En esa oportunidad, planteé que las películas sobre “Hombres de Negro”, tomadas en solfa y con despliegue de graciosos efectos especiales, acababa de quitarle seriedad al peliagudo problema real de los “Hombres de Negro” dentro del contexto ufológico. Hoy, nadie puede comentar (en una entrevista televisiva, en una conferencia) el tema de los “Men in Black” sin que el idiota de turno comente jocosamente que ”él si vio las películas de Tommy Lee Jones y-el-morocho-cuyo-nombre-no-recuerdo”. Escribí entonces (en el contexto de aquél trabajo, al cual remito) que Hollywood había resultado funcional al Poder en las Sombras, toda vez que había logrado que un tema digno cuando menos de atención policial y judicial además de investigativa pasara a ser figurita de historieta.
 Bien. Algo demasiado similar veo detrás del “Código da Vinci”. No sé si Dan Brown será consciente de esto –como no creo que los actores de “M.I.B.” lo hayan sido- pero lo cierto es que uno no puede ahora comentar la teoría del Jesús casado, del Jesús papá, sin que algún pelafustán acote: “¡Ah, sí. El código da Vinci!”. Y falta muy poco para que, definitivamente destrozado en la liviana conciencia popular, por extensión toda posibilidad mediática de poner nuevamente sobre el tapete la discusión de aquella hipótesis se caiga por su propio peso.

 Por esta razón lo revulsivo del título de esta nota (que habrá escandalizado a más de uno). Porque como demostramos oportunamente en “Al Filo de la Realidad”, cuando la oleada mutilatoria de ganado en Argentina en el 2002 hubo toda una operatoria de fuentes paragubernamentales que buscó primero estimular la imaginación mediática en relacionar las mutilaciones con apariciones de OVNIs y luego (en parte infructuosamente, para otros no tanto; todo depende del cociente intelectual del opinador de turno) al explicar “naturalmente” las primeras con el famoso “ratón hocicudo rojizo”, lograron que, por libre asociación, los “cerebros” de la prensa vernácula descalificaran a los segundos. El mismo procedimiento (vamos a ponerle un nombre: a ver... a ver...¡ya está!.: El Síndrome A.T.E.P.P.I. (Asociación Temático – Epistemológica Plausible Para Imbéciles)) visible claramente (bueno, cuando menos para este servidor) en la relación MIBS testificables – MIBs cinematográficos y, ahora, entre El Enigma Sagrado y El Código da Vinci.

 Hay una verdadera, permanente y multinivel campaña de condicionamiento cultural de la humanidad. Donde todos los ítems susceptibles de estimular un cambio colectivo de Paradigma, de mentalidad, son sistemáticamente torpedeados. Qué duda cabe: extraterrestres entre nosotros o una poderosísima religión como la católica al servicio histórico de oscuras manipulaciones son temas capaces de provocar una conmoción intelectual que alcanzaría a todos los estratos sociales. De allí al cuestionamiento de los poderes casi subliminalmente aceptados desde siempre –desde la Iglesia hasta las academias, pasando por políticos y el sempiterno, omnipresente y corrupto “señor doctor”- hay sólo un paso. Los agentes del Poder en las Sombras son muchos: funcionarios clericales ansiosos de no perder ascendente sobre las masas, escépticos mediáticos limosneando las migajas de la consideración universitaria que no supieron ganarse en otras lides, “periodistas” que deben a su gracejo, su “pinta gardeliana”, su desinhibición en la cama o sus buenas amistades el estar frente a una cámara de televisión o un micrófono de radio haciendo como que saben lo que es ser comunicador social.... Miren, por ejemplo, televisión. Pero vean también, que no es lo mismo. Discovery Channel, siempre tan “científicos” ellos, propalando un serial sobre “casa embrujadas” donde, siempre, dejan de serlo sólo porque intervienen sacerdotes exorcistas. Sólo sacerdotes.  O The History Channel y NatGeo poniendo en sintonía el mismo día y sólo con una hora de diferencia (como para que si se lo perdió en uno, no le escape al otro) “documentales” desvirtuando Roswell. ¿Sólo casualidades?.
 Y si me permiten una acotación, no creo que lo que verdaderamente preocupe a ese Poder Oculto sea que se sepa o acepte masivamente el matrimonio de Jesús o su descendencia. En “El enigma sagrado” pasa casi desapercibido su capítulo final: en él, los autores, con verdadera maestría, construyen una hipótesis sorprendente. Jesús, más que “hijo de Dios”, ¡ciertamente quería ser reconocido como verdadero “rey – sacerdote” entre los judíos!. No me extenderé aquí, los remito al libro. Pero, ¿qué pasaría si esto fuera cierto?. ¿Qué significaría que los primitivos cristianos realmente buscaran un poder temporal que siempre se le negó a Jesús –con la misma liviandad como desde siempre se estimagtizó como “prostituta” a Magdalena, cuando no emana ello de la Biblia-?. Y, ¿qué significaría que todavía hoy hubiera un linaje de descendientes que podrían exigir prebendas o derechos precisamente sobre una zona tan convulsionada del mundo como Medio Oriente?.

 Me detendré, hoy, aquí. Sólo recordando, con mezcla de pena y bronca, a ese sacerdote que ante las cámaras de televisión, consultado sobre la película, afirmaba con una sonrisa canchera que si se descubriera que Jesús estaba casado, “¿qué problema habría?”. Sí, claro. Qué problema. Por ejemplo, descubrir que el estúpido celibato tan ardientemente defendido durante dos mil años (“ardientemente” en el sentido más amplio de la palabra, por cierto, muchos conocieron la hoguera por contravenirlo) había sido una pérdida de tiempo.  O que las dos mujeres más “famosas” del Nuevo Testamento (María, la madre de Jesús y María, la de Magdala) son, una virgen y la otra, puta. Qué dicotomía. Lo que hizo estragos en la cultura popular machista: el noventa por ciento de los varoncitos latinos y católicos fueron educados desde bebés por tíos, papás, hermanos mayores y primos en el axioma que “toda las mujeres son yiros, salvo tu mamá y tu hermana que, claro, son santas”.

 A través de las épocas, por las más variadas formas masivas –desde bardos y trovadores hasta televisión y periódicos- estamos siendo condicionados, pautados, monitoreados. A veces, sin embargo, el sistema se “tilda”. Y alcanzamos a percibir las irregularidades. Qué sirva de algo.