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Que o Sol Iluminene todas as Florestas
SOCIEDAD COMUNERA,
UNA MASONERIA A LA ESPAÑOLA
Este texto constituye un capítulo del libro aun en proceso de elaboración
"Historia Mágica de las dos Españas" de Ernesto Milà. Las alusiones a la
"Luz del Norte"· y a la "Luz del Sur" presuponen un conocimiento previo, o
bien de las tesis de Evola en "Revuelta contra el Mundo moderno", o bien
haber leída la adaptación realizada a la historia de España, que ofreceremos
en próximas entregas.
En 1821 se fundó en Madrid la Sociedad de los Caballeros Comuneros. La
"comunería" tenía formalmente el aspecto de sociedad sacreta paramasónica,
creada para conspirar y hacer triunfar los ideales que en otro tiempo
inspiraron la fracasada sublevación de las comunidades castellanas contra
Carlos I. Su ritual de ingreso, sus juramentos y ritos, hacen de la
comunería reconstruida en 1821 un movimiento similar al carbonarismo
italiano que, por lo demás, también logró implantarse en España.
En 1823 arribó a España un contingente de exiliados napolitanos expulsados
de su país por el fracaso de la revolución liberal. La gran mayoria se
instalaron en Barcelona; un tal Pecchio lo hizo en Madrid; hacia finales de
ese año, medio millar de carbonarios italianos estaban subvencionados por el
gobierno liberal español de la época. Pecchio no se limitó a permanecer
inactivo, quiso levantar en la Mantua Carpetana la misma sociedad secreta a
la que pertenecía y fue así como el espíritu conspirativo de la masonería
forestal italiana, se extendió desde Madrid a toda la piel de toro.
La masonería forestal o carbonarismo se había originado en los bosques del
Jura; los carbonarios llamaran a sus logias "bosques jurásicos"... Al igual
que la masonería nació de la transformación de los gremios de constructores
medievales que, poco a poco fueron incorporando a "masones aceptados", así
mismo el carbonarismo surgió por evolución de los gremios que agrupaban a
las gentes de esta profesión. En 1743 existió un antecedente del
carbonarismo, la Orden de los Cortadores que salió a la superficie por obra
y gracia del caballero Beauchaine, el cual trasladó a la nobleza parisina
los ritos esotéricos e iniciáticos de los leñadores del Borbonesado. En 1780
esta Orden incorporó a sus rituales elementos procedentes de la masonería.
Es difícil decir si esta orden tuvo algo que ver con el resurgimiento de la
masonería forestal en Italia a principios del siglo XIX. Lo cierto fue que
el carbonarismo partió de Nápoles impulsado por Murat y algunos personajes
bien situados en esta corte meridional. Pronto se extendió por todo el Reino
de Nápoles y posteriormente por el Piamonte. Alejandro Dumas nos dejó en
"Los Mohicanos de París" un cuadro más o menos riguroso (y, por lo demás,
siniestro) del carbonarismo conspirativo. Los carbonarios se llamaban unos a
otros "buenos primos" (un autor español del siglo XIX comenta irónicamente:
"y les cuadra por que empriman a los que cogen por su cuenta"...). Sus
ceremonias tenían lugar frecuentemente en los bosques. Los asistentes se
sentaban sobre troncos y los instrumentos del trabajo de leñador ocupaban el
lugar equivalente a los instrumentos de construcción en la franc-masonería:
el hacha, la sierra, la tea. Las preguntas y respuestas rituales de sus
ceremonias iniciaticas aludían a aspectos de la fabricación de carbón
vegetal y de tala de árboles. Véase sino:
P.- ¿Qué significa el azul?
R.- El humo del horno
P.- ¿Qué significa el negro?
R.- El carbón del hogar
P.- ¿Qué significa el rojo?
R.- El fuego del horno
P.- ¿Sois aprendiz de carbonero?
R.- Así lo creo y puedo hacer carbones con el consentimiento de mis
maestros.
A medida que la sociedad creció resultó difícil realizar estas ceremonias
siempre en los bosques y se establecieron logias estables que recibían el
nombre de "ventas". Las ventas corbonarias eran rigurosamente secretas.
Políticamente la orientación de la carbonería era liberal y, a medida que
fue avanzando en su trayectoria, surgieron brotes de carácter socialista
utópico, fundamentalmente en Francia (donde también llegó a arraigar) e
Italia (país en donde fue, sin duda, hegemónica).
Los carbonarios madrileños se reunieron en las salas reservadas del "Café de
Malta", en el de "San Sebastián", en la célebre "Fontana de Oro", donde
bullía todo el Madrid cospirativo. Compartían las mismas tabernas y locales
con la comunería que no era sino la versión española del carbonarismo.
Idénticos eran sus ideales, sus ritos, aun a pesar de no estar inspirados en
antiguas asociaciones gremiales, hundían sus raíces en la historia y, por lo
demás, las orientaciones políticas de ambas sectas, eran globalmente
similares.
EL NACIMIENTO DE LAS "TORRES COMUNERAS"
La primera asamblea comunera tuvo lugar en septiembre de 1821 y hay que
presuponer que sus orígenes databan como mínimo de un par de años antes.
Entre sus fundadores se encontraban masones con cargos de importancia en el
gobierno (Romero Alpuente, Flores Estrada, Gutierrez Acuña, Megía),
liberales exaltados (Riego, Mura, Torrijos, Jauregui, Piquero) y postergados
que, por un motivo u otro habían roto con la masonería y coincidían con los
anteriores en el interés de constituir una masonería autóctona, desprovista
de la superestructura ritual y simbólica, excesivamente aparatosa para su
gusto, que fuera políticamente más radical en dirección al liberalismo y que
segara la influencia que las potencias extranjeras -Francia en particular-
ejercían sobre los Grandes Orientes.
Las logias comuneras recibían el nombre de "torres", es imposible saber
cuantas existieron en Madrid, pero no cabe duda que entre 1820 y 1823 fueron
varias decenas. Tampoco se ha podido saber el número total de afiliados de
la Sociedad de los Caballeros Comuneros. Según sus propias fuentes alcendía
a 40.000; algunos de sus enemigos prefirieron elevar estas cifras para
convertir a la sociedad secreta en un terrible chivo expiatorio y se tuvo
como cierto en estos sectores que 60.000 comuneros afilaban sus armas en
1925. Todo esto parece muy exajerado y, por nuestra parte, nos inclinamos a
compartir las cifras más mesuradas que ya en su tiempo se dieron: apenas
10.000 -lo cual no es poco- de los que entre 1.800 y 2.000 estarían
radicados en Madrid. Cada "torre" comunera agrupaba entre 40 y 80
conspiradores. Piénsese lo desmesurado de estas cifras teniendo en cuenta
que en 1845, la población de la Villa y Corte era de apenas 200.000 almas: 1
de cada 100 madrileños pertenecían a las "torres" comuneras". Estas se
numeraban en función de su antigüedad. En 1822 eran 50, siendo la más
antigua la madrileña.
EL SECRETO COMUNERO
Una sociedad así era imposible que fuera muy secreta, por su volumen, pero
también por lo apresurado del reclutamiento de sus miembros. Un autor del
siglo pasado escribe: "Los comuneros guardaban muy mal sus secretos, a pesar
de sus juramentos: así es que se sabe mucho acerca de ellos, al paso que de
la franc-masonería se sabe poco, y eso poco en su mayor parte revelado por
los comuneros (...) Juraban dar muerte a cualquiera a quien la secta
declarase traidor y si no cumplían la promesa, entregaban su cuello al
cuchillo, sus restos al fuego y las cenizas al viento [según la fórmula de
juramento comunera] (...) y como en la admisión no había tacto ni
escogimiento, inundaron los castillos y torres con mozuelos sin hiel, que,
infieles al secreto, revelábanlo a sus queridas. En algunos puntos de la
Península también fundaron las mujeres sus torres y adornaron su pecho con
la banda morada, distintivo de los llamados émulos de Padilla". Este autor
termina: "... jóvenes los más y sin conocimiento del mundo, todo lo veían
con el prisma de una mente acalorada".
La figura de Padilla, mucho más que las de Bravo y Maldonado, focalizaban el
espíritu comunero. Se tiene como cierto que por Madrid circularon en aquel
tiempo, unos huesos y una rodela que estaban reputados de haber pertenecido
al propio Padilla. En la capital de España, los juramentos comuneros se
realizaban revistiendo al recipiendario con el escudo del caudillo vencido
en Villalar. En un momento dado los asistentes desenvainaban sus espadas
apoyándolas contra el escudo y hacían pronunciar al candidato la fórmula de
juramento.
COMUNEROS, CARBONARIOS Y MASONES, UNA DIFICIL ENTENTE
Algunos de estos comuneros compartían militancia en la franc-masonería,
sobre todo algunos de sus elementos más jóvenes. La comunería no tuvo, ni
remotamente, el carácter elitista de la franc-masonería. Mientras que para
acceder a esta se precisaba incluso un cierto potencial económico, (las
iniciaciones, la cuota mensual, los derechos de tránsito de un rito a otro o
de una logia a otra, los mandiles y joyas, ya costaban entoces buenos
dineros) la comunería se mostraba más asequible para la pequeña y baja
burguesía, el estudiantado y las clases populares. El Madrid liberal se
estratificó, pues, en "clases conspirativas"; la alta burguesía y las clases
acomodadas militaron como franc-masones, en tanto que el carbonarismo,
procuró extenderse en medios militares; y lo hizo con cierto éxito.
Entre 1823 y 1824 las fricciones y disputas entre comuneros, carbonarios y
franc-masones habían adquirido caracteres siniestros. Abundaban las
delaciones y las denuncias mutuas. Cada asociación había elegido por colores
los propios y contradictorios con los otros: los masones el azul, los
comuneros el morado alegando que el pendón de Castilla era de ese mismo
color, los carbonarios el verde. En una primera fase masones y comuneros
hicieron causa comun contra los carbonarios. Luego se modifican las alianzas
y los comuneros se ven combatidos por la alianza de los otros dos rivales.
En las elecciones de 1823 masones y carbonarios pactan áreas de influencia.
Al año siguiente vuelven a cambiar las alianzas y los comuneros exigen a los
masones la destrucción del carbonarismo, para ello cuentan con la ayuda del
general Guglielmo Pepé, italiano exiliado, disidente del carbonarismo que
presentó al Gran Oriente liberal un "Plan para Regenerar Europa". Rechazado,
Pepé dejó a sus peones en Madrid mientras que él viajó a Londres y Lisboa;
sus correligionarios constituyeron en los locales de "La Fontana de Oro", la
"Sociedad Europea", germen de lo que década y media más tarde sería la
"Joven España".
En 1834 Giuseppe Mazzini, se separó del cabonarismo italiano achacándole
debilidad y lasitud en la obra de reunificación de la península itálica.
Acto seguido lanzó el periódico "Giovane Italia" que pronto se transformó en
movimiento político. Otras formaciones similares aparecieron en distintos
países: Joven Polonia, Joven Alemania (sociedad a la que se afilió Enrique
Heine, el gran poeta), Joven Inglaterra (donde encontramos a un imberbe que
luego daría mucho que hablar: Benjamín Diaraeli), Joven Hungría, Joven
Bohemia, Joven Croacia. Federados, todos estos grupos dieron como resultante
la breve experiencia de "Joven Europa", disuelta pronto por las rivalidades
y desconfianzas nacionales entre cada sección. En el momento más álgido del
Madrid conspirativo, "Joven España", junto con los restos de la comunería
("Vengadores de Alivaud") y dos grupos menores ("Unitarios" y "Derechos del
Hombre") surgidos también de ramas disidentes de la comunería, dieron lugar
a "La Federación", el último grupo conspirativo y romántico del Madrid
decimonónico.
Mientras que el carbonarismo se extinguíó con la llegada de los "Cien Mil
Hijos de San Luis", la comunería aun dió que hablar, por sí misma o gracias
a sus disidencias. La primera, que afecto a 10 "torres", tuvo lugar tras
unos desgraciados incidentes frente al Palacio Real el 30 de junio de 1922.
Al cerrarse las Cortes, varios paisanos instigados por los comuneros
insultaron a la Guardia Real que vitoreó al Rey. Hubo choque y menuadearon
los golpes, palos y caídas. Un oficial de la Guardia Real, Mamerto
Landaburu, mal visto por sus hombres y por el resto de la oficialidad,
presumiblemente comunero, intentó contener sable en mano a sus soldados en
cuyos oidos retumbaban los insultos y oprobios verbales de los paisanos. Al
alzar el sable contra el grupo de soldados más exaltados, fue derribado de
unos disparos. Al día siguiente nacía en el "Café de Malta", la "Sociedad
Landaburiana" compuesta a partes iguales por masones y comuneros dirigidos
por Romero Alpuente y Asensio Nebot, el primero con el título de "Moderador
del Orden". El primer acto de la sociedad fue exigir una "víctima expiatoria
a los manes de Landaburu". Resultó ahorcado un oficial francés, Teodoro
Goiffeux, detenido cuando se encaminaba a Francia disfrazado de civil y que,
no parece muy claro que tuviera algo que ver con el episodio. Poco duró la
"landaburiana", cuyos elementos fueron a engordar otras disidencias de la
comunería -que enseguida se produjeron- y a fusionarse con masones de las
cuatro obediencias que operaban en aquel momento, en una inextricable
secuencia de fusiones y disidencias que se nos antoja caprichosa, opaca y,
seguramente, con cierto aire chusco.
En 1823 la comunería se partió en dos. Aparecieron los Comuneros Españoles y
los Comuneros Constitucionales, estos últimos pasaron a la masonería; ambos
grupos eran llamados, respectivamente, "descalzos" y "calzados", según
tuvieran cargo oficial en el Concejo de Madrid o no lo tuvieran. La palabra
"calzado" equivalía a "ponerse las botas" con el usufructo del cargo
público. Juan Palarea, un antiguo landaburiano, dirigió la disidencia que
engordó a las logias y que posibilitó los estallidos de 1834 y 1835 con las
subsiguientes matanzas de frailes.
1834 : LA QUEMA DE CONVENTOS. COMUNERIA AL ATAQUE
Muchos autores contemporáneos que vivieron los sucesos madrileños de 1834 no
albergaron en su momento la menor duda que el degüello había sido inspirado
por las sectas conspirativas, con la masonería y la comunería al frente.
Tres días antes de los sucesos, circulaban rumores por Madrid de lo que iba
a pasar, hasta el punto de que en algunos conventos e iglesias habían puesto
a buen recaudo piezas de arte y joyas sacras, igualmente algunos liberales
cuyos hijos asistían a colegios religiosos, fueron advertidos de la
conveniencia de quedarse en casa.
La noche del 16 de julio ded 1834, que los cronistas madrileños recuerdan
como lluviosa, en la calle de Toledo y de los Estudios, un desconocido
cantaba una lúgubre canción, presagio de lo que se avecinaba:
Muera Cristo
Viva Luzbel
Muera Don Carlos
Viva Isabel
Un mes antes, el cólera había atacado en Vallecas. Un regimiento de
ingenieros acordonó el pueblo pero no pudo evitar que la epidemia se
transmitiera. Las sectas conspirativas difundieron el rumor de la
implicación del clero en la transmisiòn de la epidemia. Similares rumores
sobre la implicación del clero en envenenamientos de aguas corrieron por las
mismas fechas en toda Europa; es impensable que se tratara de un reflejo
anticlerical expontáneo; debió, necesariamente, de existir un centro
conspirativo difusor de rumores.
A las 12 del medio día un crío había resultado linchado tras ser sorprendido
arrojando arena o inmundicias en la cuba de un aguador, travesura muy común
en la época. En esta ocasión el ambiente estaba muy sensibilizado respecto a
la manipulación del agua, considerado como vehículo del cólera morbo y el
pobre niño pagó cara su broma. Perseguido por los aguadores, estos gritaban
que "echaba cosas malas al agua". En este mismo momento se gritó que otro
muchacho, cómplice del infortunado, había conseguido huir al Colegio de los
Jesuitas, el llamado Colegio Imperial de la calle del duque de Alba. El
tumulto agrupó a varios cientos de personas que a las 3 de la tarde lo
asaltaron. Era jueves y no había clases; allí mismo cayó asesinado el padre
Francisco Sauri, luego, en el mismo punto, otros tres sacerdotes sufrieron
degüello, entre ellos el padre Artigas, distinguido orientalista. Los
cadáveres de los jesuitas más jóvenes que intentaron huir disfrazados de
colegiales, reconocidos por la tonsura, fueron arrastrados hasta la
parroquia de San Millán en la plaza de la Cebada. En las proximidades de la
misma parroquia resultó asesinado un lego que se dirigía desde el antiguo
convento de La Latina hasta una cerería próxima. En un paño llevaba los
restos de cera antigua para cambiarla por cirios nuevos. Detenido por los
revoltosos fue apuñalado con saña al grito de "!ese que lleva el veneno!".
Puede juzgarse la psicosis colectiva que reinaba en Madrid. Los incidentes
se trasladaron al convento de San Francisco el Grande donde los asesinatos
revistieron rasgos de particular iniquidad. Aun a las 12 de la noche las
turbas asaltaban el convento de la Merced en la plaza del Progreso.
La secuencia de los actos violentos se inició como hemos visto a las 3 de la
tarde; hasta las cinco se asedió el convento de San Isidro, de cinco a siete
la matanza en Santo Tomás, de siete a nueve un piquete de coraceros impidió
el asalto al convento del Carmen Descalzo. De 9 a 11 horas los incidentes de
desplazaron a San Francisco el Grande, en las dos horas siguientes cayó
presa de las llamas el convento de la Merced y a las cuatro de la mañana el
convento de Atocha sufrió el mismo destino. Cuarenta y ocho personas fueron
apaleadas, acuchilladas o degolladas, la mayoría de ellos clérigos y monjes
o personas de servicio en los conventos. Otros muchos conventos sufrieron
daños e intentos de asalto; pero todo induce a pensar que se trató de un
grupo no excesivamente numeroso de agitadores que se fueron desplazando de
uno a otro lugar, amparado por expontáneos que los arropaban. En los meses
siguientes, pareció como si los liberales más exaltados hubieran levantado
la veda del clérigo; los incidentes y linchamientos se sucedieron por toda
España, revistiendo particular violencia en las "bullangas" barcelonesas de
1835.
LA RESPUESTA : SOCIEDADES SECRETAS CATOLICAS
Las consecuencias de esta campaña anticlerical, verosímilmente orquestada
por las sociedades secretas y conspirativas, tuvo como primera consecuencia
el encono de los sectores católicos contra la masonería y el liberalismo. A
partir de 1820 los monárquicos legitimistas y católicos ultramontanos
quisieron organizarse siguiendo las mismas pautas del enemigo y fue así como
florecieron las sociedades secretas opuestas al liberalismo: jovellanistas,
la "Junta Apostólica", la famosa sociedad del "Angel Exterminador", los
concepcionistas, aparecen después de 1824. Se tienen pocos datos sobre estos
grupos aunque se intuye que tuvieron importancia en el apoyo que recibió en
los primeros momentos Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, en sus
aspiraciones al trono. El "Angel Exterminador", fundada por el obispo de
Osma en 1827, contó entre sus filas a un buen número de prelados; los
concepcionistas, por su parte, luchaban por el restablecimiento de la Santa
Inquisición, estos se vieron engrosados por los miembros de la "Sociedad
Defensora de la Fe", fundada en 1825.
Se contaba que buena parte de estos grupos fueron inspirador por Calomarde,
uno de los válidos de Fernando VII; poco se sabe de cierto sobre estos
grupos, pero si es rigurosamente histórico que los tradicionalistas
monárquicos se sublevaron en 3 ocasiones contra Fernando VII entre 1824 y
1827 y que, estas experiencias -aunque limitadas- les situarían en óptimas
condiciones para los alzamientos carlistas posteriores.
Hacia 1845 el carbonarismo y la comunería habían desaparecido completamente.
Sus militantes pasaron a engrosar los partidos políticos republicanos que,
poco a poco, fueron emergien a medida que cambiaba la situación política.
Otros, fundaron organizaciones socialistas y comunistas utópicas. Una parte
de la historia de España había concluido; el entendimiento entre
organizaciones ocultistas y medios políticos sería, a partir de entonces,
mucho menor y protagonizada fundamentalmente por las distintas obediencias
masónicas... así hasta el advenimiento de la Segunda República.
Fue la comunería decimonónica un eco postrero y bastardo de la oposición que
debió afrontar Carlos I, Emperador de Europa, a poco de llegar a España. Ya
hemos aludido a que espíritu respondía la comunería originaria; la que luego
usurpó el nombre de la resistencia antiimperial en el siglo XIX, era "más de
lo mismo", solo que a un nivel aun más degradado. Si el movimiento comunero
del siglo XVI representaba la opción de la burguesía naciente incapaz de
comprender el espíritu imperial, inadaptado en relación a una época en la
que, todavía, la figura del hidalgo y de la aristocracia de las armas, eran
preeminentes, la comunería decimonónica representaba, por el contrario, esos
mismos valores, triunfantes en el siglo XIX y laicizados. Frente a la
monarquía legítima -fuera cual fuera la capacidad y la aptitud de Fernando
VII y de sus sucesores para ostentar la corona- eco degradado de la
monarquía de derecho divino, la opción liberal, suponía la búsqueda de una
legitimación en principios telúricos -la Nación-, femeninos -el recurso al
"demos"- y ginecocráticos -la idea republicana, simbólicamente representada
por una mujer provista del gorro frigio-. La Luz del Sur se imponía frente a
una Luz del Norte, cada vez más debilitada e impura, convertida en residual
y a la que solo los levantamientos populares carlistas y ciertas
individualidades notables, supieron devolver el heroismo de sus mejores
días.